Primera parada: isla de Sifnos.

Llegada al puerto de Kamares. Aquí nos encontramos con un pequeño pueblo lleno de turistas, terrazas y comercios.
Del barco, donde pasamos 6 horas de las cuales 4 al sol, salimos quemadas y rojas como camarones, nos dirigimos al camping donde nos recibieron con un: “está lleno pero si os coláis por aquí detrás y os buscáis un sitio tal vez mañana haya algo mejor, que no os vean estos chicos, son problemáticos y ruidosos”. Encontramos un lugar estupendo muy cerca de los baños para que Elena pudiese echarse crema cada cinco minutos.
Cenamos en una fantástica terraza sobre el mar, queso de cabra y berenjena, uhmmm. Nos acostamos y a las siete de la mañana, tal era mi ansia, tuve que levantarme para bañarme en la playa. Qué gozada, nadie a la vista, la isla fue mía por un momento.
De regreso, Elena me esperó para ir a comprar el desayuno: un tomate gigante y memorable. El tomate se convirtió en nuestro desayuno el resto de días aunque mejorado, un salero por aquí, una botellita de aceite por allí…

Por la tarde, frustrada nuestra intención de alquilar un quad: “sin experiencia es peligroso, no nos queda nada, pasaros más tarde, mañana a lo mejor…”, cogimos un bus al pueblo de Faros donde nos bañamos en una mini playa, paseamos y cenamos pulpo a la brasa (bueno algunas más que otras ya que a Elena las ventosas… “si a mí me gusta todo”).

Al día siguiente, visita a la playa de Platis Gialos, bien de crema para las quemaduras y de camino a la próxima estación.

Sonando: Stelios Kazantzidis — I kardia mou as opsetai



