El viajero se enfrenta, de nuevo, al final de una etapa: no la suya sino de aquellos que le rodean. Él aún se queda un poco más, todavía no ha terminado su viaje pero sabe, que a partir de ahora, lo que creía conocer volverá a convertirse en senda. Los lugares no tienen sentido por sí mismos.
El viajero ha vuelto varias veces a pueblos y ciudades de los que puede recitar las calles pero el día está nublado y no con sol como la última vez, las chancletas le molestan, el café tiene mejor sabor, va sólo y no con cinco amigos… Por todas estas cosas también sabe que cuando uno se queda y los que le rodean se van, el lugar se transforma: frecuenta otros bares, otros parques, realiza otras actividades, se adapta a nueva gente, nuevas costumbres. No le incomoda esta situación, añora lo justo, sabe que no pierde nada, ha ganado mucho más. Sin embargo, el hombre es un animal de rutinas y los cambios le provocan cierto miedo y excitación, es impaciente y no le gustan las despedidas. No quiere que nadie se vaya pero, sabiendo que es imposible retener a la gente, quiere que la partida sea inmediata, sin dolor. Septiembre promete ser un mes eterno, amargo.
Para él, Bucarest, ciudad de tránsito, brillará con otro color. Para los que parten, sea cual sea el destino, seguirán de viaje. Y para todos: “¡Buen viaje!”
Sonando: Gary Jules — Mad world.











