¡Qué rápido pasa el tiempo! Seis meses y una semana ya en Bucarest y me sigo sintiendo como una turista despistada aunque tal vez eso sea una característica mía, ser y no estar despistada.
Y mi lista de propósitos para el medio año que aquí me queda es:
- Visitar el delta del Danubio.
- Aprender una canción típica “manele”… pa dar la chapa
- Acabar el informe de componentes, ya va siendo hora.
Parece que el calor disminuye (ver Alex Dixit) pero hemos pasado unas semanas horribles y aún estamos a 30- 36 grados a la sombra.
Por suerte, el ayuntamiento de Bucarest puso bastantes medidas al alcance del ciudadano:
- carpas militares en casi todos los rincones de la ciudad, un poco más pijillas en el centro… la de Magheru era una carpa de playa azúl y blanca, en Universitate era una bonita carpa blanca, enfins: ofrecían primeros auxilios y agua.
- Duchas patrocinadas por Lipton: sólo un par de ellas como proyecto piloto en el Cercul Militar y en Unirii.
Sin embargo, la canícula ha dejado bastantes desgracias, la muerte de al menos 30 personas, cultivos secos irrecuperables y lo que parece empieza a ser una crisis de agua.
Esta mañana me he levantado con un fuerte dolor de cabeza, provocado en mi opinión por haberme maltratado la noche anterior llegando a casa a las tres de la mañana y bien cargadita de cervezas. Me he obligado a ducharme e ir a trabajar. Pasadas un par de horas frente al ordenador, con un índice de productividad cero, mi cabeza parecía explotar y el vómito ha sido inminente.
No se trataba de resaca sino de una migraña que me ha fulminado el día. Aún me duele mucho la cabeza, el paracetamol no hace ningún efecto una vez comenzado el dolor y sigo vomitando. He comido un yogur que me ha traído mi santo esposo y me meto otra vez en la cama, si lo retengo luego comeré algo de pescado.